En nuestro mundo contemporáneo, se nos impulsa y se nos hace creer que la gente exitosa es aquella que consigue lo que quiere -hasta ahí es cierto- a costa de lo que sea. Y es en esta última parte de la ecuación en donde se requiere la humildad. Alcanzar los propios fines a costa de lo que sea es lo que ha provocado un gran desequilibrio ecológico en el planeta. Es lo que ha hecho que muchas empresas se vayan a la ruina, que muchos empresarios fracasen, que mucha gente sea despedida de su empleo, etc. El éxito en occidente, en general, se vive como una enfermedad en la que se trata de ir atesorando bienes materiales, sobre todo aquellos bienes que se nos imponen a través de los medios de comunicación, o porque simplemente alguien más lo tiene. Eso no es el verdadero éxito pues no está alineado con quién eres tú realmente. Es un paliativo que tranquiliza temporalmente el vacío interno.
La humildad nos permite reconocer en dónde estamos, qué nos hace falta para llegar a dónde queremos, y qué errores hemos cometido en nuestra búsqueda. El éxito sistémico requiere de nuestra humildad para agradecer todas las situaciones positivas a las que nos enfrentamos, así como las no tan buenas también, ya que nos ayudan a crecer. Ser humildes nos permite reconocer nuestros fracasos y capitalizarlos en experiencia y crecimiento. En ocasiones tenemos que dar un giro de 180° para corregir el rumbo, y eso requiere humildad. Reconocer que solos no podemos ser exitosos es una de las más grandes pruebas de humildad que existen. Todos, aunque trabajes por tu cuenta, requerimos de los demás en nuestro camino. Sean proveedores, colegas, clientes, pacientes, socios, tu familia, etc. Necesitamos de los demás para tener éxito sistémico.
“La clave del éxito es estar equilibrado en todas las áreas de tu vida”
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