No seré original, pero siempre recurro a Borges. Cuando creo que ya todo se ha dicho y escrito, cuando pienso en un páramo árido o cuando la vida cotidiana posee a la imaginación como una especie de demonio.
Borges amaba la mística, los mitos, los esplendores y los arquetipos. En su mente se imponía un rigor matemático, una suerte de ecuaciones se iluminaban en su pensamiento con cada narración.
No alcanzó a introducirse en un universo fantasmal al que hoy accedemos con tanta facilidad, sin mayor interés que navegar por esa dimensión invisible y paradojal que es la red y el ciberespacio.
Borges, con su genial intuición, profetizó en su cuento La Biblioteca de Babel, un orbe infinito donde todos papiros, códices, libros y textos reposan sobre las tablillas de un librero de luz.
Esta comparación entre espacios virtuales y la Biblioteca nos permite imaginar, por parte de Borges, la utilización infinita de las letras de los alfabetos, sobre una suerte de azar, para construir sus libros de ficción y sus cuentos fantásticos. Esos signos fonéticos le sirven para realizar todas las combinaciones posibles para construir su mitografía.
No obstante, este Homero de las Pampas, este Milton de Buenos Aires, establece el orden e impide la aparición del caos mientras establece fórmulas y ecuaciones misteriosas en su taller de alquimista conceptual.
Borges había imaginado un universo con forma de biblioteca, algo lógico para alguien invidente. La revelación ha de haberle llegado cuando todo el mundo visible se transformó en una terca niebla amarilla, como él mismo se refierió alguna vez a su ceguera.
Dentro de un recinto de salas hexagonales, figuras geométricas proyectadas hacia lo inextinguible, Borges intuyó la aparición del Internet. No pudimos conocer su opinión sobre este ingenio tecnológico, pero tal vez lo hubiese rechazado por su condición de poeta no visual.
En esta biblioteca interminable, de insondable extensión, de luces y sombras, de fuegos y cenizas, Borges imagina el momento en que el idioma original de la humanidad es revocado por la ira de Dios, conjetura sobre la infinitud de combinaciones de lenguas y de pensamientos que han de resultar después del arrebato divino.
La grandiosa torre debió salir del oscuro ámbito de las tinieblas para asentarse en la raja de luz que todavía quedaba para alumbrar sus recuerdos. El enorme zigurat desde donde Nimrod lanzaba sus venablos contra la mansión celeste de la divinidad, fue delineado por el pincel de una mano espectral.
La Biblioteca de Babel adquiere renovada vigencia al desarrollarse la tecnología virtual donde pueden ser acogidas millones de páginas. Pero, a pesar del alcance de la visión de Borges, no asentó su obra en el estribo emocional de las palabras, sino que sustentó su arquitectura literaria sobre el rigor de las matemáticas.
Borges, en su soledad sombría, deambulaba entre los anaqueles de la biblioteca material, donde alguna vez fundó su imperio. Derrocado por la noche, animó en secreto la construcción de un más portentoso laberinto de poesías y cuentos, de pensamientos e intuiciones.
Una de sus manos sostenía el bastón, la otra rozaba con delicada fruición la rectangular distribución de las palabras, la vegetal disposición del verbo original, transmutado en infinidad de lenguas para que el ser humano, sobre cada bloque intentara ascender al empíreo o precipitarse a la borrascosa profanidad del pecado.
Paradójicamente, Borges publicó La Biblioteca de Babel trece años antes de perder la vista. Las galerías hexagonales que para el autor conforman el universo deben obedecer a un orden preestablecido, una idea pesa sobre ellos y le otorga formas afines a la eternidad.
Este es el anuncio de la rigidez de una ciencia que al parecer no está emparentada con la literatura, ni la poesía, ni con las magnificencias del verbo, desolado por las impertinencias humanas, acribillado por la irresponsabilidad y relegado a formato para la expresión de necesidades y penas.
Pero Borges descifra los misterios y nos los devuelve aún más enigmáticos, nos insinúa que existe un código donde se encuentra oculto el catálogo de los catálogos, la nomenclatura que identifica la idea original de la divinidad para explicar los arcanos del universo. Está allí en ese claustro, pero no nos dice nada más.
Escondido entre hileras de volúmenes, cubiertos por el polvo de los siglos, este índice primigenio está vedado a los profanos, a los ignominiosos favorecedores de la impiedad y el hastío. El libro se pierde entre los viejos cronicones, los códices amarillentos y los papiros cuarteados acomodados en las viejas tablillas.
Borges continuó dando a los textos ese sentido de eternidad cuando publicó en 1975, El Libro de Arena. Allí, el escritor argentino vuelve a trabajar con elementos de la geometría como son los puntos, el plano y las líneas.
Reconoce el autor no ser la mejor forma de comenzar su relato; sin embargo, enfatiza su veracidad, a pesar de que adelanta lo fantástico de su esencia. Una vez más, en este y en la Biblioteca, podemos percibir al Borges solitario, al hombre al margen del tiempo y de las vicisitudes de la vida cotidiana.
Imaginémonos dados a la tarea de contar todos los libros, sus páginas, sus párrafos, frases y palabras para distraer la eterna soledad en que hayamos ingresado por esa suerte de tenaz deseo que es la voluntad.
Si esta biblioteca es eterna, no puede ser obra de otra criatura que no sea una divinidad, un dios o el Dios. Pero allí está y en ella, recorriendo sus pasillos, solazándose en la lectura de todos los libros del pasado, del presente y del futuro, Borges se convierte en un arquetipo del escritor y de su necesidad de estar cerca del Creador que hizo el mundo con palabras.
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