Última actualización:
May 13, 2012



Desnudo Ante La Vida

 

Desnudo ante la vida

 

Historia de mi vida en familia.

 

 

 

 

 

Mi familia

 

Dar comienzo a un libro que de alguna manera tenga algo de histórico, donde el fondo trate lo anecdótico de alguien y su entorno, vuelve vital hablar acerca de la familia. Nada mejor en el esclarecimiento de un ser y su comportamiento que entrar a conocer a su familia basado en su criterio, como él la ve según sus propios ojos. Indiscutiblemente esta narración tiene una sola visión, no necesariamente es la realidad que vivieron los demás miembros de mi familia, que sin tener la oportunidad de expresarse, en este momento callan. Si de alguna de las maneras alguien se siente ofendido, éste no ha sido el objetivo, solamente he querido dejar mis sentires y parte de mis memorias a mis hijos, mis futuros herederos, mis amigos y a aquellos que tengan algún acercamiento a los míos.

Relatar cuentos ha sido una costumbre de familia, antes nos reuníamos y nos contaban historias, unas verdaderas, otras supongo eran fantasías y las más servían para hacernos dormir o como método de enseñanza. Con el correcto ejemplo se supone aprenderíamos más y mejor. Mi abuelo quien era un hombre metódico, vivió una vida apacible, su estilo era dulce, de trato ameno y corazón desprendido. Su español deficiente, por no ser su idioma, era rico en sus concejos, mismos que trascienden espacios, veo que en el tiempo su memoria en mi mente, se auto-refresca a cada tanto. Su filosofía universal no caduca, por el contrario, re-actualiza y explica muchas dudas y comportamientos ajenos.

Con mi abuela materna el roce fue corto, ella falleció cuando apenas yo contaba seis años. Era una de esas madres judías orgullosa de su familia, su fe, su entorno. Nunca recibí de ella un no. Su cabello lo cubría como era la costumbre. Poseía esa mezcla de modernidad y de vivencia clásica. Era moderna en trato, vocabulario y en su atención. Ella se desvivía por mí, no le molestaba lo que los demás pensaran sobre ello. Siempre dejó ver su preferencia en mi madre y supongo como proyección en mí por ser su primer nieto varón. Vivía en un edificio, (casa de tres pisos) fabricado por mi abuelo, el mismo era amplio, tenía muchos cuartos, de ellos los que más quedaron grabados son la cocina y el baño. Ambos parecían de casas de muñecas. En las paredes colgaban fotos de gente sabia, de grandes rabinos y de espejos antiguos galardonados con filigranas incrustadas en vivo. El juego de comedor era sobrio, elegante, la cama amplia, muy sonora, los balcones, como los de Andalucía, la terraza, eso era otra cosa, parecía almacén de algún abasto.

El abuelo quien tenía experiencia de dos guerras mundiales y de una civil, había perdido a su padre con la explosión de una bomba lanzada desde un barco. Él trató que no se repitiera esto, ninguno de sus hijos tendría que salir de su hogar en busca de alimento en caso de emergencia como a él le ocurrió. En verdad el abuelo en su terraza poseía todo tipo de pertrechos. La misma era el fuerte en épocas de mi niñez de soldados e indios. Cada momento, cada vez, con el abuelo había un algo, una historia, la misma duraba el tiempo que él necesitaba para pelar una manzana, o cualquier fruta, la que sin darnos cuenta nos la iba dando de a poco, hasta que la comíamos. El abuelo siempre nos hacía trampa, era experto cuenta cuentista, dramático, específico, realista, demasiado calmado, No recuerdo una sola vez que me haya rehusado a escuchar sus cuentos, lo llamaban David el tranquilo.

Él era un hombre mayor, siempre lo conocí así, sin embargo su mamá vivía con él, la protegía, le tenía paciencia y de alguna manera creo la mimaba. Le daba poca importancia a las cosas, todo era posible de enmendar. Decía en su lenguaje que las cosas eran elásticas, no las veía rígidas, siempre su primera pregunta era por mi madre mi padre y hasta por mi otra abuela. ¿Cómo están ellos? De nuevo veo era su forma de educar, dirigía mi atención a ese punto. Simi, mi abuela paterna fue un caso especial. Tenía ella catorce años, se encontraba jugando en el patio con sus amigas, cuando su madre le dijo: tienes que arreglarte, ¡hoy te comprometes! Como verán las costumbres antiguas llegaron hasta mi familia.

Mi abuelo Samuel por quién fui nombrado era un joven emprendedor llegado recientemente del Rif, había puesto sus ojos en ella y sin más a través de un amigo pidió su mano. El poseía una empresa de transporte, hacían viajes largos de una ciudad a otra. Durante el tiempo de matrimonio concibieron cinco hijos la mayor era hembra y los demás varones. Cuando mi padre cumplió los cinco años se enteró que ni sus hermanitos ni su hermanita volverían a jugar con él. Casi todos ellos murieron, jamás le hablaron de sus muertes, en algún momento él, por el mismo trauma, se había olvidado de ellos, así permaneció bloqueado en su mente, hasta después que nacimos nosotros. Desde aquel instante en adelante quedaron solos los dos varones Mesod, mi tío, quien le llevaba un año, y él.

Una vez mi abuelo Samuel, recibió un encargo: debía transportar una mercadería a otra ciudad, era un día jueves, el despacho debía llegar temprano en la mañana del otro día. Uno de sus empleados, un chofer muy religioso se ofreció para realizarlo. Mi abuelo no quiso correr riesgo de que en el momento de retorno cuando entrara el Shabat, o sea el viernes por la noche no le diera tiempo suficiente y tuviese el religioso que dormir en la carretera o en la otra ciudad, se negó a darle el trabajo. El chofer insistió, habló de sus necesidades y de que él estaba seguro de poder volver a tiempo. Nefasta decisión. Mi abuelo, de lo que me han contado, era un hombre espléndido, de una vocación de trabajo y medio socialista, todos los fines de semanas hacía cuentas delante de sus obreros, sacaba de sus alforjas las monedas de oro y de plata y compartía con ellos sus ganancias. Aunque no tenía socios los apreciaba como tales. El día sábado en la mañana un hombre sin escrúpulos, un todero de los que me referiré más adelante, un necio sin oficio fue a su casa y sin razones ni verdades le dijo que el chofer había sufrido un volcamiento, había atropellado a alguien y lo había matado. Su religiosidad y su sentido del deber fueron la chispa que hizo explosión en su joven corazón. El abuelo no lo pudo soportar, se culpó de hacer caso omiso a su instinto, y el sentimiento de culpa fue tal que a tres días y a sus cuarenta y siete años de edad, murió.

Mi abuela Simi se las tuvo que ver sola, apenas terminó de enterrar al abuelo, aquellos hombres tratados como asociados, hicieron de las suyas, se repartieron carros, caballos y mulas, realizaron una rebatiña; de nada había servido la buena voluntad del abuelo. A mi abuela, la dejaron en la gran miseria. Eso obligó tanto a mi padre como a su hermano a abandonar sus estudios y desde los siete años comenzaron a trabajar. Primero lo hizo como muchacho de mandado, luego, vendedor de un surtidor de gasolina que era de su tío paterno, volvió a la profesión de su padre y en cuanto pudo compró con su hermano un camión de transporte, luego otro y otro.

Mi padre era extrovertido y por medio de amigos y de los de sus amigos, y de ciertos militares, consiguió permisos de explotación de maderas. Lo que es lo mismo, el gobierno le había dado en concesión por unos años ciertos bosques madereros. Amplió con su hermano los Transportes de carga Akinín y montaron en sitio su propio aserradero. Terminada la guerra, España cedió esas y otras serranías a los moros, y el negocio junto con propiedades y demás se esfumó en un solo día. Al parecer era algo cíclico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi padre

 

Mi padre que Dios lo tenga en su gloria, conoció la pérdida y el dolor a los siete años, a esa temprana edad como les dije, quedó huérfano de padre. De niño tuvo que abandonar juegos, amigos y estudios, y hacerse cargo de la familia, aunque había nacido en cuna de oro, con la muerte del padre y la falta de un hombre que defendiera sus intereses, vio cómo de la noche a la mañana surgieron cambios a los cuales veía casi imposibles de adaptar. Transmitirles todo su sufrimiento es además de tedioso, algo que no está justificado, pero pretender pasar por alto algo tan violento, no haría justicia a mi padre ni a su manera de ser.

Nació en el año dieciocho; como treinta años después me tocó a mí, eran años de guerra y posguerra. Superó enfermedades, necesidades hambre y escollos, avanzó como pudo y llegó a la edad de reclutamiento. Se graduó como hombre al cumplir sus dieciocho años al entrar en el ejército durante La Guerra Civil de España. Ser judío en esa España llena de errados pero enquistados y enmarañados odios religiosos fue un timbre lleno de trabas en aspectos militares.

Afortunadamente mi padre sabía, (de saber y sabio) cocinar. Los primeros tres años de ejército los pasó como intendente de cocina del Generalato. Innumerables eran sus cuentos e historias de cómo hacía ciertos exquisitos platos en pleno frente de batalla o cómo lograba esa cantidad de manjares que supuestamente no existían por la guerra. Mi padre me heredó el secreto de ello: el trueque. Visitaba en los pueblos a la gente y les cambiaba a las mujeres un producto por otro: pan, harina, aceite, azúcar, por pollos, chorizos y otros.

Mi hijo David llegó a tener la cadena de restaurantes más afamados de Caracas, en sus momentos contaba con los seis mejores chefs, puedo con fundamento decir, sin ofender, que como cocinero en su estilo mi papá les llevaba gran ventaja. Nuestros chefs con los mejores ingredientes (salmón, caviar, paté, langostas, etc. ,) eran capaces de hacer maravillas, pero de no contar con ellos, simplemente nada hacían. Mi padre con nada, hacía los mejores platillos. Mi padre con un simple pollo, ciruelas, duraznos, zanahorias, sal pimienta, pimentones: a chuparse los dedos. En lo referente al mar: un pescado, perejil aceite y limón. A veces unas sardinas en su piel con mínimo de aceite y mucho limón, (bocado de Cardenal) y más simple aún: unos boquerones curados con gran cantidad de limón y algunos ajos crudos. Carnes guisadas, su especialidad. Él preparaba unos chorizos picantes y dulces como pocos. Tortillas: las de él eran de doce centímetros de alto. Fritaba las papas, luego la cebolla, a veces algún pimiento dulce y cuando el color venía acompañando los olores, echaba los huevos y el toque de sal. Vuelta artística con la ayuda de un plato grande y a disfrutar. Cómo olvidarlas u olvidarlo, jamás.

Mi padre sintió por el ejército un amor al que siguió siendo fiel hasta el último minuto de su vida. Es de entender: la atención que profesaba a los generales y las de estos para con él, era de alguna manera una especie de relación paternal. En el ejercito encontró en esos grandes hombres el afecto que el destino le quitó en su niñez. Me contó que aunque no había sido llamado a filas, su madre en su situación de viuda y sin oficio, quería pedir la excepción para él, sabiendo mi padre a su hermano en plena línea de batalla no quiso lo tildaran de cobarde. Rechazó de plano esta posibilidad y a la mañana siguiente se ofreció y fue aceptado como voluntario.

Tres días con sus noches estuvo mi abuela en la azotea de su casa rezando y rogándole a Dios por sus últimos y únicos hijos, en su mayoría fueron días de ayuno, de penitencia, ella de alguna manera, logró su objetivo, a los tres años, ambos retornaron del frente, sanos y salvos.

Anécdotas de la guerra mi padre relató toda la vida. Cuentos de los soldados, a la larga han pasado en mi familia a ser chistes. Creatividad en cuanto a platos: la necesidad es la madre de la imaginación. Amigos en el alto mando, decía tener tantos y tan famosos, que a veces hasta yo dudé de ello. Eso, hasta que en la oportunidad que me enviaron a estudiar a Madrid, cuando cumplí los quince años, por medio de una carta que me dio, pude saludar el Jefe Mayor del Ejército de Madrid, algo así como al ministro de la defensa. Sentí en ese señor los mismos lazos de unión, respeto y amistad que mi padre alardeaba tener con él.

Papá fue como casi todos los Akinín un hombre terco, se aferraba a su palabra y a su manera de pensar, pero en el transcurso de la vida que se nos permitió disfrutarlo, siempre demostró no practicar la mentira. Si él decía algo, eso era un documento. En una oportunidad fue citado por el alcalde árabe, un moro lo acusó que en unión de su hermano, los dos a la vez, le habían propinado una paliza. El jefe árabe sabiendo de qué familia se trataba y que su tío Don Abraham Serfaty, era presidente de la comunidad judía, lo llamó y él lo único que preguntó fue: ¿qué dijo David? al escuchar la respuesta que daba el jefe moro comentó: Si David Dijo eso, así fue.

De cualquiera de las maneras mi tío Mesod, hombre forjado en labores pesadas, era poseedor de una fuerza descomunal, capaz de doblar y picar monedas con los dientes, habló con el alcalde árabe. Y aceptando en parte, ser responsable, propuso una especie de desquite para con el moro agredido. Cediendo un poco de ventaja: pidió le amarraran la mano izquierda a en la parte trasera de su cuerpo y que lo metieran diez minutos en un cuarto a solas con el moro; dijo mi tío que en esas condiciones le daría al moro una oportunidad para desquite. La petición sin titubeos, de inmediato, fue aceptada por el jefe árabe.

Salomónica decisión, el moro estaba consciente había sido uno sólo de los hermanos quien le propinó la paliza, ya había probado la fuerza de sus puños y por nada del mundo iba a repetir la estupidez de otra golpiza. Comenzó a llorar, gritó diciendo mi tío era un loco, que lo iba a matar. No hubo necesidad de más, mi padre y su hermano salieron absueltos de cargos y culpas, al moro lo castigaron con unos días de prisión. Nunca más supieron de él.

Cuenta mi padre que uno de los generales estaba casado con una mujer hermosa, ella era una rubia despampanante. En repetidas oportunidades vio como ella tenía un comportamiento desleal con otro oficial. Mi padre no se atrevía a decir ni pío, pero había algo que lo obligaba a distanciarse del general, éste al darse cuenta, lo mandó a llamar. David, qué sucede, ¿algo te está pasando? Evadió el tema trató, pero el militar con muchas más horas de vuelo increpó, supongo tu actitud deba ser por mi esposa, y preguntó, ¿es referente a mi esposa? ¡Sí mi general! AhhhHijo, aprende que en la vida las cosas se nos dan de a poco. Y hay que formarse para valorarlas. ¡Más vale comer un bombón a medias, que una mierda para uno sólo! Otra de las veces me refirió de los seis enemigos que él y dos de sus ayudantes de cocina  hicieron prisioneros. Yendo al río sin armas, para lavar los corotos y recoger agua fresca. Unos soldados enemigos, fatigados, hambrientos, cansados y conscientes que el fin de la guerra era algo inminente, sin disparar un solo tiro, se rindieron, eso fue motivo de risa y de premios, a los tres les dieron condecoración al mérito. Al igual que en otra oportunidad cuando el chofer del camión al no tener la experiencia necesaria, calculó mal una calle, mi padre estaba parado en la barandilla de la puerta, saltó y se rompió un diente. (Herida de guerra) Años de terminada la guerra, estando mi padre tomando unos vinos con esos buenos amigos desconocidos de los bares españoles. Él refirió que una oportunidad entrando a un pueblo tuvo que decomisar una yegua, la requería para entregar un parte urgente a un oficial en la zona de guerra.

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