Antero Ruigómez ganó su primer premio literario cuando estaba cumpliendo la mili obligatoria, hace más de treinta años. El capellán castrense había tenido la idea de organizar un concurso de relatos entre los reclutas. Pensaba el buen hombre que ésa sería una manera de tener entretenidos a los muchachos y reducir así la frecuencia de sus actos masturbatorios, de los que tenía noticia por el confesionario.
Pese a los denodados esfuerzos del sacerdote y a una prédica más propia del marketing que de una acción pastoral convencional, sólo se presentaron seis aspirantes al premio.
Los relatos de cinco de los participantes eran de una ingenuidad y de una estolidez absolutamente previsibles. La temática, vulgar; la estructura, ramplona; la realización, infantil. ¡Qué podía esperarse de unos soldados de reemplazo sin otro interés cultural que la anatomía de las mozas del pueblo vecino!
Sólo una narración, la de Antero Ruigómez, destacó meridianamente del resto. El suyo era un relato maduro, bellamente concebido, literariamente perfecto. Hasta el capitán Charro de la Mano, un salmantino austero y exigente, que había compaginado una licenciatura en filología hispánica con la carrera militar, no tuvo otro remedio que reconocerlo.
Al acabar la mili, Antero reemprendió su trabajo como administrativo de la caja de ahorros de su pueblo, que era su oficio. Pero siguió escribiendo.
La fortuna le sonrió en seguida, porque ganó el siguiente premio al que se presentó: otro concurso de relatos breves, organizado por los contertulios de una cafetería de Monforte de Lemos. No es que el galardón fuese notable, pero el haberlo conseguido reforzó en Antero la incipiente idea de profesionalizarse como escritor de cuentos. Así, al acabar su jornada de imposiciones y reintegros, comisiones y depósitos, libranzas y trasferencias, el aspirante a literato se encerraba en la biblioteca del pueblo, leyendo todo lo que encontraba en su anárquica exploración de textos, y por la noche se ponía a escribir.
Continuó enviando todo tipo de relatos a los concursos de los que tenía noticia. Le ayudaban en su quehacer La Estafeta Literaria y otras publicaciones especializadas de la época. Y siguió ganando premios. Desde Mondoñedo a Arrecife, no hubo prácticamente concurso de cuentos que no ganase Antero Ruigómez.
Pasó entonces a la siguiente fase de su bien planificada carrera literaria y dejó la caja de ahorros, con disgusto de su madre, que no veía muy clara del todo la afición de su hijo por las letras:
¿De dónde habrás sacado tú esa manía. . . ? Porque lo que es de tu padre y de mí no ha sido, que ni tiempo de leer hemos tenido.
Antero tranquilizó a la perpleja mujer:
Se trata sólo de una excedencia en la Caja, mamá. Si las cosas me salen mal siempre podré volver.
Él no pensaba hacerlo, por supuesto. Necesitaba más tiempo para sus incursiones librescas y necesitaba también una biblioteca con un fondo de volúmenes mucho más amplio que el que tenía la del pueblo.
Se fue a la capital. Pasaba el día en la biblioteca central, con una voracidad lectora que admiraba a los empleados del establecimiento. Y por la noche escribía y escribía. Cada semana enviaba relatos a varios premios y prácticamente no había semana en la que no consiguiese alguno.
Para su sorpresa, algún crítico comenzó a fijarse en él. La primera vez fue como consecuencia de la recopilación de cuentos galardonados en un importante certamen organizado por la empresa constructora Pilares y Hormigones, S. A. Luego, el crítico literario del diario El Progreso, de Lugo, al observar la reiteración del nombre de Antero Ruigómez como ganador de varios concursos en la provincia.
Metido de lleno en su carrera literaria, Antero practicó un insólito monocultivo de género: sólo escribía narraciones breves. Muchísimas, es cierto, pero ninguna de ellas podía considerarse siquiera como una novela corta. Así, a lo largo de los años.
No es que obtuviese con ello un reconocimiento público. Tampoco le importaba. Más bien, lo rehuía. Practicaba una especie de deliberado aislamiento monacal. No concedía entrevistas periodísticas ni radiofónicas, no salía en televisión; el gran público no conocía su rostro.
Es verdad que cada vez eran más los críticos y los especialistas literarios que le citaban. Sus relatos empezaban a reproducirse, de acuerdo con los derechos que les correspondían a los organizadores de los concursos en los que era premiado. Y Antero se había convertido, de largo, en el escritor más laureado de España. Sólo en su género exclusivo, el de cuentos, claro, pero al fin y al cabo era el autor vivo con más premios literarios en su haber.
Como en este mundo hay gente para todo, algún estudiante de filología le llamó, queriendo hacer un ensayo sobre su obra. Nuestro escritor de cuentos, siguiendo con su actitud huraña y con su adustez habitual, ni tan sólo le contestó. Célibe impenitente, nada más tenía tiempo para leer y escribir, leer y escribir.
La suya comenzaba a parecer una obsesión enfermiza: cuantos más concursos ganaba, mayor era la necesidad compulsiva que sentía de escribir todavía más relatos.
Su existencia literaria era conocida por un número de personas cada vez más amplio, gracias al goteo incesante de premios y a la creciente aparición de críticas sobre sus obras que, la verdad, nuestro hombre no leía jamás: por desdén, por falta de tiempo o por otras ocultas o personales razones que jamás se encargó de explicitar. Un día, incluso, el incontestable gurú de la crítica literaria, Carlos María Alcázar, le dedicó una elogiosa página entera en el suplemento cultural de ABC. Era la consagración.
Las críticas, no obstante, comenzaban a ser cada vez más depuradas, más profundas, más precisas. Ya no se trataba de genéricas valoraciones de cada obra concreta, del reconocimiento de la categoría literaria de una u otra de ellas. Se empezaban a establecer comparaciones, a hacer análisis pormenorizados, a hilar más fino, en definitiva. Un crítico de Qué leer opinó de un relato suyo que tenía la irónica intertextualidad de los mejores cuentos de Chéjov.
Hubo quien lo comparó con Ignacio Aldecoa o llegó a rastrear influencias del primer Luis Goytisolo. Otros, más cosmopolitas, se decantaron por su parentesco con la melancolía de clásicos rusos como Pushkin o Gogol. García Tréllez, de El País, creyó apreciar una remota afinidad con autores malditos del XIX, como Alejandro Sawa.
Más prolijo fue el primer ensayo, breve, eso sí, como correspondía al género analizado, que apareció sobre una selección antológica de textos de Antero Ruigómez. Lo escribió un profesor de instituto de Burgo de Osma que se sorprendía de la diversidad estilística y la variedad de tratamiento literario que es capaz de dar el autor a un relato u otro. El docto profesor castellano de enseñanza media concluía: Parece que en Antero Ruigómez coexisten en difícil armonía distintos personajes, como si el doctor Jekyll y mister Hyde se disputasen con otros copartícipes de su misma corporeidad quién de ellos acaba llevándose el gato literario a su personal talego.
A pesar de la prosa un tanto barroca del catedrático soriano, insinuaba en ella una cierta esquizofrenia literaria de nuestro autor; quizás, incluso, una esquizofrenia a secas.
El bueno de Antero permanecía ajeno a estas consideraciones y, consiguientemente, inmune a la carga crítica que conllevaban, entre otras razones porque, como ya sabemos, no las leía. Es más, el hombre cada vez tenía menos tiempo para cualquier cosa que no fuese escribir. A la creciente proliferación de concursos, se unían las peticiones específicas que reci
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista espaol. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta aos. Sus artculos han aparecido en la mayor parte de los diarios espaoles, en la revista italiana “Terzo Mondo” y en el peridico “Noticias del Mundo” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de “El Peridico” de Barcelona, “El Adelanto” de Salamanca, y la edicin de “ABC” en la Comunidad Valenciana, as como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicacin. En los ltimos aos, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisin con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronmico “lvaro Cunqueiro” (2004), el de Novela Corta “Ategua” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, “Convivir” (2006). Sus ltimos libros publicados han sido una compilacin de artculos de prensa, “Espaa y otras impertinencias” (2009), y otra de relatos cortos, “Nada es lo que parece” (2008). Es autor, tambin, entre otras obras, de la novela “El ejecutivo” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de “Ir contra corriente” (2007), “Valencia, entre el cielo y el infierno” (2008) y una antologa de semblanzas bajo el ttulo de “Personajes de toda la vida” (2007). Enlaces externos: Resea en “Red mundial de escritores en espaol”
Blogs Relacionados
- De Albornoz seguirá presa pese a acuerdo
- TOP SEO SERVICES : Aggressive Internet Marketing Made Possible
- … Y sin embargo, soy sacerdote « Moral y Luces
- Fedora Marketing FAD wrapup– The “Oops, I've forgotten to blag …
- Robert Bryant's page » Blog Archive » Actos package insert
- Laporta, gol en propia puerta | E-Campanya
- Spreaker – Crea y comparte tu propia radio en la web
- How to Use Tweetups as a Marketing Strategy | Social Media Examiner
- Blanca Uriarte: “El poeta tiene su propia evolución” | Poesía eres …
- “Getinfo” – Middle East's First Interactive SMS Search Marketing …

