Última actualización:
February 7, 2012


Tres Tristes Travestis

               TRES  TRISTES  TRAVESTIS.

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 alejandro maciel

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En la escalinata del Hotel Sheik mariposean sombras andróginas desde el crepúsculo. Cuando la Dueña -un viejo marica amojamado de palidez raquítica y voz de institutriz- se apresta toda neurótica ovillándose los cabellos la calle Tacuary es un río de barullos, motores, hollín y cláxones que presagia el ajetreo de las mil y una noches trucidadas una por una con las aspas del desvencijado ventilador de techo del líving-room, que en su trac-trac rebana rodajas de luz y de sombras.

La trompa amarilla del taxi aparca junto al cordón de la vereda, ronronea, tufa, tose carbón; deja colar las voces de las pasajeras que discuten la tarifa del viaje. Se abren las puertas con un clac-clac cuando la Dueña, nerviosísima, junta las manos en una súplica teatral como de santa jesuítica parada en el vano de la puerta.

-¡Ya vienen, ya vienen las canallas! -dice, abriendo desmesuradamente los ojos como quien ve en sueños su propia defunción.

*

  

Toda cubierta, casi sepulta entre cajas cilíndricas, entreverada al ras de telas que sisean y cuelgan, desembarca la Capona rezongando.

-¡La mierda que sale un ojo de la cara viajar en esta porquería! -rezonga a diestra y siniestra con un gorjeo chillón y acelerado.

El taxista mira lejos, como a otro planeta; cuando aspira el humo de su Camel, sube la papada rechoncha, traga saliva, tuerce un poco los mostachos sin decir nada.

 -Y para colmo, señor, me hiciste saltar todo el camino que tengo las tetas por mi cogote.

-La calle está destrozada -interviene  Déborah, que oficia de maquilladora y continúa arrellanada en el asiento delantero gesticulando mientras escarba en su monedero buscando cien guaraníes.

-¡Ay, chicas, se hace tarde! -se desespera  la Dueña, toda contrita y manoteando un aleteo  como de albatros con el que apura y compele; apresura y urge.

Hace una venia asomando los ojos bajo la mano izquierda para ver mejor, cuchichea algo para sí misma.

Hecha una tromba, agitadísima y al mismo tiempo oronda, portando una cabeza de telgopor -alto el cuello, modigliniano- que adorna una peluca toda bucles y viboreos dorados, desciende del automóvil la Coiffure. Cuando apoya el primer pie en la vereda ya se sabe que su taco alfiler punza el cemento.

Tras los portazos que sacuden el Peugeot -impávido, el taxista sigue fumando- bajan a cual más majestuosa y regia las tres manolas / las que se van al quilombo / las tres y las cuatro solas  a las que recibe la Dueña en el rellano, acusando con el índice su reloj pulsera y agitando la otra mano, como quien se quema sin querer.

 

*

*

 

                                     

                                          Mise   en   scène

 

Todos los viernes el mismo rito: ya suben los peldaños primero la Capona, después la Cosmetóloga y por último la Coiffure, bicéfala. Acuden a un pesebre donde no un Dios será hombre sino un hombre será mujer, madre de todos los dioses. Son tres reinas magas venidas del oriente de los bajos siguiendo la luz de una estrella ilusoria, de neón, trayendo la pericia y el ajuar para la transformación.

Adentro, nervioso, bebiendo un té de boldo, aguarda hecho un ovillo el profesor Octavio frente a un espejo dorado que enmarca una corona de lámparas de 40 w.

El Asistente de la dueña va y viene convidando un Tranquinal 0,5 (que no se le niega a nadie), caldo de gallina tibio en su cazuela de barro, vermouth a sorbos y alguna que otra golosina para acortar la espera de las azafatas.

 

-¡Ya era hora, manga de tilingas! -reconviene el profesor Octavio cuando las ve llegar.

-¡No sabés lo que era el tráfico! -se defiende la Estilista posando su cabeza portátil y empelucada en una consola donde la Dueña apronta el arsenal para el vituperio de las formas.

-¿Empezamos el montaje? -inquiere, toda asustada.

 

Primero despojan la indumentaria del docente: la camisa blanca, la corbata azul, los pantalones de línea italiana, las medias, los mocasines, el anatómico blanco.

Prestas, solícitas, empiezan la conversión. Con la pinza digital -índice y pulgar- la Cosmetóloga ata un nudo gordiano que ahorca el glande del Profesor. Aplasta los testículos entre las piernas contra el perineo, jala del pene que agarrota una piola y lo cruza por el puente de las nalgas; ata el extremo del pájaro fláccido a un cinturón de Hipólita que la Estilista ciñó silbando polkas mientras la Capona, disimulando, peinaba una  falda de seda.

 

-Ya está -avisa la Experta- escondida el arma que delata; esto  quedó más liso que una concha de verdad. ¿Quién se podría montar con un falo malo, duro como un palo?

-¡Cuidado con la boquita!, -advierte el Octavio-, miren que el cura se pasa las misas transformando el amor en pecado en nombre del amor.

-¡No entendí ni jota!

-No hay perversión más tremenda que la castidad -sigue Octavio-, fíjense lo que pasó con el pobre Orígenes, que se emasculó para inmacularse y el Vaticano lo culeó: sin tentación no hay pecado le dijo el obispo y se quedó sin la estampita. Nunca llegó a santo.

-¡Pero eso ya sabemos, mi hija! Nadie llega a santo en un quirófano, la gracia no llega con la desgracia.

 

De una bolsa de hule tironean cinco medias bucaneras de nylon. Le enfundan las piernas depiladas al Profesor. Le enciman una tanga que en el orillo  lleva pespunteado un hilván de encajes negros.

Con un refajo elastizado marca Senhorinha le hunden una cintura. La Estilista -toda neurótica, mordiéndose las uñas- rellena un par de soutiens con trapos. Con hilachas. Con torzales y estopa completa la teta.

De una alacena hindú taraceada -tigres beben al lado de palomas en un oasis  de palmeras- hurgan potiches. Destapan, a cual más alborotada, los cachivaches. Con un emplasto pálido le untan la cara que blanquean íntegra borrando las cejas para volver a trazarla con un fino lápiz florentino, una pulgada más arriba y onduladas, a lo  Marlene Dietrich.

Dibujan labios carnosos con un delineador color ladrillo y los  rellenan a base de  rouge que rutila como un frasco de cerezas. La Embellecedora, luego de rascar en su cartera,  poniendo los brazos en jarra indaga:

 

-¿Ya estuviste tocando otra vez mi neceser, maldita negra? -mirando fijamente a la Coiffure- después una se vuelve loca buscando las pinzas de cejas, los invisibles, y las limas que me trajo el chino de Jon-Con.

 

*

 

-¡Yo no toqué nada!

-¡Ndera sore! -clama la Capona- ¿por este engomaje picó pelean? -Sacude en el aire una ampolla de vidrio.

 

Afanosas, rodean los párpados con un arco de mucílago. Aplican un par de pestañas negras prótesis de la belleza- que Octavio, al parpadear, apantalla. Aletean dando círculos alrededor del Transformando; si una barniza los pómulos con una laca magenta otra le aplica un perlado iridiscente en los lagrimales. Si la Estilista la toca con el casquete cuyos bucles sujeta por medio de una vincha de tafetán negro, la Capona -excelsa- le desliza uñas de carey mientras supervisa -de paso- el proceso de afeites que la Experta, frunciendo los labios de tan concentrada, retoca con un pincel de pelo de marta, davinchesca a más no poder.

 

-¡Ya siento! ¡Ya siento la transfiguración! ¡Sube como una fiebre! -el Docente, cargado de tribulación menea la cab

Alejandro Maciel es médico psiquiatra y escritor. Dirige la revista/libro semestral “Palabras Escritas” que se edita en Servilibro, Paraguay. Vive en Buenos Aires, ha publicado “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”, Edit. Alfaguara, 2001, “Diários de um rei exiliado”, Edit. Landmark, Sao Paulo, “Culpa de los muertos” (novela) Edit. Rubeo, Barcelona, 2007.


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